Recorría el sendero con los ojos vendados, la ley de su pueblo
así lo exigía, y así había sido enviado a los bosques. Con sus brazos estirados
frente a sí, tratando de evitar las cada vez más aparatosas colisiones y las
cada vez más dolorosas caídas, mas era completamente inútil. Seguía chocando,
seguía cayendo, y cuanto más se adentraba entre los milenarios árboles, más
frecuentes y ruidosos se hacían los incidentes. Tanto, que tardó un rato en
darse cuenta de que, junto al sonido de sus golpes, se alzaba otro mucho más
tenue, tintineante, dulce, cálido…
“Risas, las
risas de las feéricos”.
El pensamiento lo hizo estremecer, temeroso de que aquellos no
fueran los guardianes de su gente, de haber errado en el camino y estar perdido
en el territorio de unos inmortales que no dudarían en usarlo cual juguete, de
romperlo con su magia como si de niños caprichosos se trataran.
Chocó de nuevo, y más del susto que del golpe cayó al suelo,
donde quedó quieto, escuchando con todos y cada uno de sus músculos en tensión.
Ya no se oían las risas, pero miles de murmullos las habían sustituido,
murmullos que provenían de todas partes, que lo aterraban a pesar de su
hermosura. Sentía que le arrancaban la cordura, que la hacían pedazos y la
pisoteaban, no podía aguantarlo más, no era capaz, los ancianos de su aldea
escogieron mal.
Se arrancó la venda, la rasgó, la arrojó. Y su mirada ya libre
quedó posada en otra, atrapada, hechizada, entregada por sus propios hermanos
para convertirse en tributo, en presente, en esclavo de unas criaturas que no
los protegían:
Los gobernaban.



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