Odio,
tan pequeña la palabra, tan negra y enorme la pasión que hace
crecer en los corazones humanos. Es casi cómico, ¿Cómo esperan
encerrar en cuatro letras el dolor, el sufrimiento, el asco, la
furia, la tristeza, los recuerdos, cada amargura marchita en un
corazón? Y sin embargo, lo han hecho, esta hecho: se llama odio, así
se llama el sentimiento masa de oscuras criaturas que empuja a dañar,
a maltratar, que hace sentir placer con cada lágrima del ser odiado.
Tan
sencillo, tanto como dos palabras, tanto como seis letras; puedes
vacilar, puedes dudar, ¿en verdad alguien puede albergar en su
interior algo tan grande como el odio y seguir viviendo? Puedes
hacerlo, y de nada te servirá, porque te lo ha dicho con cada gesto
durante toda la vida, te lo ha dicho con cada palabra, con cada
muestra de desprecio: te lo acaba de decir más claro que nunca.
Vete,
lárgate; puedes volver a vacilar, puedes hacerlo, pero no te engañes
a ti mismo, no lo hagas. Te lo ha dicho tan claro como cualquier
otro, camina y aléjate, cumple su deseo.
Lo
peor, lo más horrendo; no te molestes en pararte a pensarlo, no te
pares a darle vueltas, huye de esas palabras, húndete en la miseria
y sigue transitando tu camino. Sigue, sigue, corre, no te pares.
- Te
odio, te odio como jamás podre llegar a odiar nada – susurras.
Torcida
la sonrisa, plateado el marco que la rodea, lisa la superficie que la
proyecta; tanto corriste, tanto escapaste de mí pequeño insensato,
que ni cuenta te diste... de que eras mío.
Odio
es la palabra, la que destinamos a dañar, sin ser conscientes de que
cada te odio, cada sentir de esas cuatro letras: crea una grieta
irreparable tanto en el destinatario, como en nosotros mismos,
destinándonos a cada instante; a rompernos en añicos.



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